En Río Tuasán, donde los gallos cantaban antes del primer temblor del alba y el río bajaba con la furia de un animal herido, la muerte no llegaba con estruendo. Entraba en silencio, como el frío, como la humedad en los huesos. Nadie se escandalizaba si al cruzar la plaza alguien encontraba un muerto recostado junto a la pila pública, cubierto apenas con una chaqueta o el periódico del día anterior.
En mi infancia, los muertos eran parte del paisaje. Las madres los nombraban con la misma resignación con que hablaban de las heladas que mataban las papas o de los burros que se despeñaban en las curvas de la cordillera.
—Mataron a doña Etelvina anoche —decía mi tía mientras desgranaba habas—. Le dejaron las trenzas amarradas al poste de luz, como para que no se fuera.
—Ah, pobre, ya se lo olía ella —decía mi abuela sin levantar la mirada.
Nosotros, los niños, escuchábamos todo y seguíamos jugando. Jugábamos a “la guerra de piedras”, un juego que consistía en dividirnos en dos bandos —los del Alto y los del Puente— y lanzarnos piedras escondidos tras murallas, matorrales o carretas volcadas. El objetivo era capturar al líder del otro grupo y traerlo vivo, aunque herido, al lado contrario del río. Ganaba el que conseguía mantenerlo una noche entera amarrado a un poste sin que nadie lo rescatara.
Una vez, uno de los chicos del Puente, El Negro Lucas, apareció muerto dos días después de una batalla especialmente feroz. Tenía una herida en la frente y otra más abajo, en el pecho. Todos sabíamos que eso no era obra de piedras, sino de los hombres que bajaban del cerro cuando nadie los esperaba.
—No fue el juego —dijo el maestro, que también era el sepulturero—. Fue la realidad que se coló en su escondite.
Pero eso no detuvo el juego. A la semana siguiente, ya se jugaba de nuevo, con la misma furia, con los mismos gritos. Había reglas tácitas: no se valía usar hondas con clavos, no se pegaba a los pequeños, y si alguien gritaba el nombre de su madre, se paraba el juego hasta que pudiera volver a respirar. Nadie escribía esas reglas, pero todos las sabíamos.
La muerte en Tuasán era como el polvo: caía cada día, pero uno aprendía a vivir cubierto de ella. No se hablaba mucho de los muertos más allá del primer día. Después, solo quedaba el silencio, que en Tuasán era profundo, casi vegetal. Las abuelas decían que por eso las flores crecían tan bien en el cementerio, porque allá estaban todas las palabras no dichas.
Los niños no llorábamos. Solo parpadeábamos más lento cuando el alma se nos llenaba. Nadie nos dijo nunca que eso era tristeza. Nos dijeron que era madurar.
Y así, sin saberlo, envejecíamos en medio de juegos con olor a pólvora y meriendas interrumpidas por disparos lejanos.
Cierta tarde, cuando ya teníamos doce, algunos decidieron irse. Los más altos, los que sabían leer rápido, los que ya no jugaban tanto. Decían que allá abajo, en la ciudad, no se encontraban muertos en las calles. Que allá las piedras eran solo piedras, no balas de niños.
Yo me quedé. Tal vez por miedo. Tal vez porque amaba el río más que a cualquier promesa.
Y hasta hoy, cuando camino por Tuasán, sigo oyendo voces detrás de las tapias, gritos de guerra con eco de infancia. Sigo sintiendo que los muertos nos miran desde las ventanas cerradas y que en cualquier momento un niño gritará mi nombre para volver a jugar.
Porque en Río Tuasán, los muertos se olvidan.
Pero los juegos, nunca.
